
116 Universidad de Cuenca, Ecuador
Las ores son el pretexto, claro, con el que el poeta pareciera ir tejiendo un páramo,
una selva, un bestiario de acuarelas para pensarse y completar algo que ahí dormía: las
búsquedas, los puentes, las despedidas que se escuchan al mirar la desnudez de la palabra:
cada lado está formado por los pétalos y la cúspide son los estambres que nunca se tocan,
pero siempre están de acuerdo y se dirigen hacia las estrellas. (p. 60)
En Flores (2024), Auquilla propone una poética de lo efímero en donde la contemplación
se eleva por sobre el tiempo y la pérdida y, es en ese quiebre en donde descansa la
urgencia de su lectura: la or en cuanto metáfora de los extremos, la fragilidad, la
permanencia.
Y no es novedad el que Juan Fernando Auquilla escoja o decida un tema para poetizar
su quehacer; ya en su libro anterior, Ciudades, atiende a la urbe como detonador de
la semiosis lírica. La ciudad como pretexto y lienzo se transforma ahora en la or (la
totalidad se transforma en fragmento; lo rizomático en vertiente; lo abismal en sustancia;
lo temporal y estructurado en materia traslúcida y pensamiento) como catalizadora
de la palabra atenta, en donde la imagen y el ritmo se suceden armónicamente para
construir una lectura que se agradece, porque abre caminos que vamos tejiendo propios
desde el asombro2 y la familiaridad de una poesía tallada, sopesada, horizontal:
Cada pétalo es una lágrima que conmueve, cada lágrima es un sufrimiento por lo que
se va o por lo que nunca fue. Solo queda contemplarla y pensar quizás así sea el rostro
de dios o su fragancia. (p. 34)
La or, como fue la ciudad, se camua en un dispositivo simbólico desde donde se
desmenuza la existencia, a decir del poeta. En Ciudades el espacio urbano (onírico,
metafísico) nombraba la experiencia, en Flores es la naturaleza en cuanto meditación
sobre los ecos de la permanencia lo que conduce la mirada.
Juan Fernando es un artesano en la palabra y en su obra se puede sentir una cadencia
paciente que intuye entre los decires y sus silencios el eco correcto para interrumpirse;
así, las imágenes que nos comparte son, a veces, abruptas irrupciones que parecieran
reclamar su lugar propio:
Flota, levita despacio, se desprende de la supercie y reeja los destellos de la tarde. La
or acuática se funde con las raíces y sus hojas se inundan de agua… (p. 14)
y, otras, que se tienden ligeras como la continuidad que demanda el paisaje para
permitirnos en él:
El viento a penas la roza y la or de la belleza efímera se desprende y va rumbo al piso; por
un momento el mundo se detiene para contemplarla en su caída, en su primer y último
vuelo. Sus colores rosados y blancos se posan como un camino para los espíritus buenos
de la tarde que la llevan consigo y nadie puede verla marchitarse con el día. (p. 38)
Un artesano en tanto conocedor de la lengua, sus vericuetos y sinuosidades (cinco
libros y los veintidós años dedicados a la enseñanza de lengua y literatura lo certican)
que sabe que la lengua es un ser vivo, que reclama la atención de quien se encuentra
en ella con intenciones de crecer, de comprender o de desarmarse ahí y que, en esa
simbiosis, el autor y la hoja nacen palabras que se encuentran en el pretexto del poema,
para volver a mostrarse en el lenguaje y su totalidad porque, lo diré de otra forma, todo
poema es la totalidad en sí.
Una poesía que toma distancia de su contexto en cuanto deja de ser testimonial, intimista,
para abordar una suerte de meditación en la palabra a partir de un eje efímero, un
pretexto desde donde el poeta pareciera burlar las epistemologías áridas de la teoría y