
86 Universidad de Cuenca, Ecuador
mismo que en el diario de Woolf y armará algo
aún más lejano del original cuando esté en el sobre
a la espera de la mano misteriosa.
Unas palabras extraídas de un diario, se convierten
ahora en el comienzo de un diálogo. No se me
escapa la ironía. (p. 57)
La acción de desnaturalizar y resemantizar las citas,
se exacerba desde la situación desplazada de Li
Chao como migrante, pues tal y como se conrma
más adelante, ella no puede hablar sino a través de la
palabra de los otros, los legitimados para ello. Dado
que como ella misma reconoce, “[e]n la escuela y en la
calle fue siempre ‘la china’” (96), la irrupción se ejecuta
a través de textos ajenos, pues —caso contrario— es
imposible hablar o escribir cuando la identidad no es
compartida por nadie, “cuando la inmensa mayoría
de la gente no puede ni siquiera concebirte” (98).
Desde ese anonimato impuesto, de una “china entre
mil millones de chinos […] y entre cuatro millones de
puertorriqueños que no se ven ni a sí mismos” (103),
las palabras coloniales son apropiadas y traducidas
para representar(nos): “No se puede escribir si uno
no tiene palabras —dijo Li—. Si las palabras siempre
han sido de los otros. Por eso preero leer, tomar las
palabras que los demás escriben y transformarlas. Es
lo que conozco. Es lo que me he hecho siempre” (98).
Se extrema la dislocación, como transferencia y
desplazamiento de los sujetos migrantes y marginales,
y como transgresión del espacio y archivo nacionales.
Así, las citas invierten la situación colonial de
estructuración de las razones controladas por el
sistema. Y al reapropiarse y reutilizarlas, se quebrantan
los sentidos originales —si es que se puede concebir
algo así— para decir la palabra de los “otros”: una
construcción dislocada del nosotros desde el otro
invertido e intervenido. De aquí que el narrador de
Simone concluya diciendo que las “palabras de otros
eran [para Li Chao] su protección y a la vez una forma
de expresarse elípticamente” (104).
La citación fragmentada, como discurso de intrusión,
implica una forma de camuaje, dado por la autoridad
de las voces que desde las citas son parte del
ordenamiento de la cultura nacional; pero al mismo
tiempo una forma de lucha que desde los márgenes
de la migración, resemantizan aquéllos signicados
tornándolos ilegibles para el sistema. Esto de elíptico
se parece un poco al tartamudeo-balbuceo, pensado
por Achúgar, como forma legítima del discurso de
conocimiento latinoamericano. Dice el uruguayo que
el sujeto que habita espacios dislocados, no puede sino
hablar (mal hablar y mal decir) a través de discursos
extraños, fragmentarios; o mejor, como plantea
Achúgar (2004, 16), la escritura no puede ser sino
la del balbuceo.
No otra cosa pueden elaborar aquellos que hablan
[…] desde ese lugar que algunos entienden como
el espacio de la carencia […] El balbuceo es nuestro
orgullo, nuestro capital cultural, nuestro discurso
raro, nuestro discurso ‘queer’. El orgullo de aquellos
raros que, supuestamente, no tienen boca como
los planetas de Lacan y por lo tanto carecen de
discurso. O, según algunos, peor aun pues hablan
o producen un discurso viejo, nativo, criollo,
moderno, imitativo, derivado, carente de valor.
Es decir, que Achúgar reivindica el espacio excéntrico
del fragmento convertido en un ‘balbuceo’, ya que
balbucear —como lo habían previsto antes, pensadores
como Fernández Retamar desde los personajes de
Calibán y Próspero— no es una carencia sino una
armación:
Una orgullosa —orgullosa en el sentido de
reivindicar lo propio, no como sinónimo de
soberbia ni de chauvinismo— armación de que
el pensamiento crítico latinoamericano no tiene que
pagar tributo a la sistematización ‘euro/yanqui/etc./
etc./etc.’, que lo sistemático —de existir y aun cuando
exista en el pensamiento latinoamericano—, o su
virtud mayor, radica en el hecho de que habitamos
‘espacios inciertos’, territorios otros, ámbitos
inexplorados que siempre estamos en proceso de
construir, descubrir, habitar. (Achúgar 2004, p. 23)
Y hago hincapié en el concepto de lo sistemático
pues es el valor que se le da a la coherencia. Según
Achúgar, hay un poder represivo en el uso de la
categoría “coherencia”. Armaciones del tipo “eso no
es coherente” o “no tiene coherencia” han sido usadas
muchas veces para reprimir el discurso disidente,
fragmentario o minoritario. De aquí que la centralidad
del concepto “coherencia” revista importancia en la
cultura occidental.
Y por esto la toma de posición formal a partir del cual
en Simone, el fragmento, la cita descontextualizada,
el collage o el pastiche, adquieran un trasfondo
político y hasta militante por parte de Li Chao,
reivindicatorio del carácter excéntrico de nuestras
escrituras que desde la dislocación migrante, atentan
contra los archivos nacionales; y que en última
instancia reivindica el llamado —también categórico
de Enrique Lihn (1995, 74) cuando, citado por George
Yúdice, decía: “No somos nada; imitaciones, copias,
fantasmas; repetidores de lo que entendemos mal, es