
56 Universidad de Cuenca, Ecuador
una carga moral que legitima a unos cuerpos sobre
otros, toda vez que clasica, ordena, jerarquiza a las
supercies corporales repulsivas:
El asco valora (negativamente) lo que toca, revela
la mezquindad e inferioridad de aquello que lo
provoca, y, al hacerlo, proclama con aprensión
el derecho a librarse del peligro que conlleva la
proximidad de lo que es inferior. De modo que
se trata de una declaración de superioridad que
reconoce, al mismo tiempo, su vulnerabilidad ante
la capacidad de mancillar que tiene lo inferior. El
mundo es un lugar peligroso en el que la capacidad
de contaminación de lo inferior suele ser más fuerte
que la capacidad de puricación de lo superior.
(Miller, 1998, p. 31)
La parafernalia del videoclip en el cuento transforma
a las estupendas en cuerpos monstruosos, mezquinos,
impuros. La idea de estelarizar un video de alta
costura, o de encarnar un modelaje renado, se ve
completamente truncada: las mujeres jóvenes no
son llamadas para protagonizar belleza, sino para
sumergirse en la podredumbre. Navia se vale de
palabras asociadas con los sentidos de la vista, el tacto
y el olfato para representar la repulsión que provocan
a la protagonista. La narradora logra escabullirse al
plató y, como primer síntoma, enfatiza que “El olor
a pescado era insoportable” (p. 68). Luego, a pesar de
la poca luz, observa con sigilo una escena aterradora,
pues sus amigas están sumergidas en albercas llenas
de cadáveres y uidos abyectos: “Tenían los ojos
cerrados. Nada de regias. Nada de estupendas. El pelo
les colgaba por fuera de unas piscinas de plástico en
las que apenas cabían y, sobre ellas, del ombligo hacia
abajo, peces y más peces / Muertos. / Brillando aún en
la oscuridad. / Sanguinolentos” (p. 69). Para construir
estas imágenes, la escritora hace uso de la hipérbole,
la recarga grotesca, pero también reitera la antítesis:
los peces muertos relucen a pesar de la oscuridad,
una penumbra que se describe como “oscuridad
pegajosa” (p. 69) a raíz de las vísceras, las branquias,
las mucosidades, la sangre. La opacidad del recinto,
por lo tanto, se retrata desde la vista, pero tiene la
cualidad de adherirse al tacto.
Es importante enfatizar el uso de la ‘pegajosidad’ como
uno de los tropos más recurrentes del asco. En relación
con el sentido del tacto, Miller puntualiza que “resulta
más fácil encontrar palabras para describir sensaciones
asquerosas, cuando se trata de cosas húmedas,
viscosas o exibles, que cuando son secas, uidas o
duras” (1998, p. 97). La pegajosidad atenta contra los
atributos de pureza de una supercie: individualidad,
inviolabilidad e independencia (Miller, 1998, p. 100);
de ahí que se recurra a esta semántica viscosa, babosa,
membranosa, para describir lo que amenaza con la
adherencia y, por lo tanto, con la contaminación. No es
casual que esta pegajosidad esté asociada culturalmente
al órgano principal del tacto, la piel, y todas aquellas
reacciones aprendidas para resguardar su pureza: “La
cercanía a cosas asquerosas hace que nos encojamos,
nos estremezcamos y retrocedamos ante la idea de
contactos ofensivos” (Miller, 1998, p. 103). Ahmed, por
su parte, añade que “la pegajosidad se vuelve repugnante
solo cuando la supercie de la piel está en juego, de modo
que lo pegajoso amenaza con quedársenos pegado”
(2015, p. 144, cursivas en el original): succiona para
aferrarse, deja una impresión en la supercie del objeto
tocado; pero así como dicha cualidad no existe per se
y a priori, indica la lósofa —sino que es producto de
la historicidad, de la relacionalidad previa entre los
objetos—, tampoco está exenta de germinar en otros
objetos, como en la piel de aquellos sujetos que la
experimentan: “Nombrar algo como repugnante es no
solo transferir la pegajosidad de la palabra ‘repugnancia’
a un objeto que entonces llega a pegarse, sino también
al sujeto. En otras palabras, el sujeto asqueado es ‘él
mismo’ uno de los efectos generados por el acto de
habla ‘¡Eso es repugnante!’” (Ahmed, 2015, p. 151).
Es posible ilustrar lo anterior con el cuento de Navia,
puesto que la narradora, al observar a sus amigas en
la piscina, se detiene en las texturas repulsivas que
rodean sus cuerpos por entero, e incluso añade que
la inmersión es plenamente consciente: “Pensé que
estarían dormidas, pero de pronto abrieron los ojos. /
Sus manos estaban sumergidas entre los cuerpos. Me
las imaginé pegajosas. Hediondas. En el pelo, que les
colgaba a sus espaldas hasta tocar el suelo, les habían
puesto un par de estrellas de mar, algo podridas” (p. 69).
La vulnerabilidad de las jóvenes se contagia a la
protagonista, quien permanece en un espacio
intermedio entre el asco y el alivio. Aunque sospecha
de las condiciones de violencia que podrían llegar a
rodear la producción del videoclip, su incumplimiento
de las pautas de belleza la mantiene a distancia de
dichas condiciones: “Tenían el torso pálido y algo
sucio. Se habían sacado (¿les habían sacado?) la
parte de arriba del bikini. Ninguna de las dos era
muy voluminosa y los pezones se les veían diminutos.
Tristes. / Pensé si tendrían miedo. / Si debería llamar
a alguien” (p. 70). Miller se reere a esa “media
distancia”, como intervalo entre el deseo y el asco:
“fuera del alcance del olfato, pero lo sucientemente
cerca para enfocar visualmente el objeto, la vista se
encarga de suscitar el deseo suciente para superar
el asco de los olores que la proximidad podría evocar