Enero - Junio 2026ISSN:1390-0862 / e-ISSN: 2661-6912
pucara.ucuenca.edu.ec
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El minarete
David Guillén-Dután
Universidad Nacional de Educación, Ecuador
david.guillen@unae.edu.ec
Recibido: 07/03/2025
Aprobado: 01/04/2025
Publicado: 19/12/2025
Cómo citar:
Guillén-Dután, D.
(2026). El minarete.
Pucara, 1(37), 124-125.
https://doi.org/10.18537/
puc.37.01. 14
El que alguna vez comandó la goleta Crucecita del Sur buscaba refugio en el antiguo
emplazamiento de la temible prisión de Samarcanda dentro de territorio turco. Había
escapado de los calientes mares caribeños como un marinero más para no despertar
sospechas del Africano, guerrero etíope. Estaba entrando en Asia y aún sentía su fuerte
presencia y la venganza.
Empezaba a molestarle ser la presa que escapa y se cansa mientras el cazador mantiene
el ritmo todo el tiempo. A esa altura, le sorprendía que un nativo del Sahara lo haya
perseguido por medio mundo, no lo había visto, pero su cercanía se hacía pesada y,
ahora en el desierto, se volvía insoportable como su persistencia. La sentía en el sudor
que no dejaba de manar por su broso cuerpo. Esperaba llegar al centro de Europa
e incluso Rusia, donde su hermandad y el frío podrían protegerlo del Africano. ¿No
seguía siendo un hermano? ¿No conservaba todavía los tatuajes en su cuerpo? Pero
tuvo que internarse en los desiertos de Samarcanda contra su voluntad, como si lo
arrinconasen; eso, al orgulloso Comandante, lo hacía maldecir y sudar más. ¿Quién
pretendía ser este africano para tratarlo como a un zorro? Pensaba seguir viejos caminos
y adentrarse en Oriente donde todavía tenía conocidos que no lo juzgarían por lo que
había hecho. Apenas podía caminar por la arena que enterraba sus pies y llegaba volando
hasta sus ojos, levantó fastidiado la cara hacia el cielo buscando el viento fresco. Vio
un águila sobre su cabeza. El sentirse un zorro acorralado, nuevamente, no le causó
gracia. Escupió hacia el viento.
Tres habían sido los grandes. El Africano no conocía al Comandante, pero había aprendido
del otro que, también, tres son los principios que rigen la venganza: no se la debe buscar
por ofensas o daños recibidos, se la puede encontrar en otras circunstancias y con otros
personajes; y la muerte de un amigo siempre debe ser vengada. Iba a cumplir las dos
últimas. El Comandante ruso había matado al Tercero. Muerto él, a su vez, solo quedaría
uno en el mundo. En el fondo de su ser esperaba poder llevar la soledad y la monotonía. En
todos los puertos, en todos los frentes de batalla de la segunda Gran Guerra se repetía lo
mismo: fue un accidente, en verdad el Comandante no esperaba matarlo, pero el Africano,
uno de los tres, no entendía razones solo conocía el honor y la venganza.
Vol. 1, N.° 37, 124-125
https://doi.org/10.18537/puc.37.01.14
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Pucara, 2026, 1(37)
e-ISSN: 2661-6912
El comandante de la goleta, decidió atrincherarse dentro de un lugar que había jurado
no regresar: una antigua prisión ahora abandonada donde pasó largos años en medio
de los dorados sueños del hachís. La decisión de volver había sido consciente desde
que pisó las arenas del desierto, pero ahora, al ver lejana la construcción, dudó por
un momento. El comandante rio mientras se tomaba, alternando las manos, su larga
barba. Se pasó la mano por la frente, había dejado de sudar. Estaba consciente de
haber elegido un nal melodramático. Pensó que sería más fácil defenderse desde el
alto minarete así que empezó a treparlo, pasando el fusil a la espalda, en otro tiempo
el muecín estaría llamando a la plegaria a todos los eles de Alá, ahora no había nadie
en muchos kilómetros. El sol empezaba a ocultarse en el desierto. Al alcanzar la garita
del minarete, y mientras tomaba aire dejando de blasfemar, divisó un águila en el techo.
Sin temor empuñó la manija. Empujó.
No podía distinguir nada en la oscuridad, primero vio yesca prendida y luego empezó
a vislumbrar algunas formas, tardó más en percibir a la gura etíope sentada en el suelo
preparando el té. El Africano lo invitó a sentarse, entendió que no podría hacerle daño
aun desarmado como estaba el Comandante. No se habían conocido y quien los unía
había sido asesinado por el recién llegado. Este miraba al Africano, por primera vez,
con las piernas cruzadas y moviendo sus largos y delgados brazos negros, y el sudor
brillaba como lágrimas de vela en la oscuridad del interior por las ramas encendidas
en el piso; lo sentía tan familiar, como un amigo. Respondió el Comandante: que está
bien, tomaré el té contigo luego habrá tiempo de matarnos, y ya han pasado las cinco
y conoces lo que dice el sura ciento quince.
Conicto de intereses: El autor declara no tener conictos de intereses.
© Derechos de autor: David Guillén-Dután, 2026.
© Derechos de autor de la edición: Pucara, 2026.