
120 Universidad de Cuenca, Ecuador
a los vínculos de mutua dependencia. De allí la importancia de reconocer la materia
viva en su uidez y transformación incesante. Es la movilización de los elementos de
la naturaleza y de las vidas que la habitan lo que dene el perl de los espacios: sus
caminos, el espesor de los bosques, los surcos trazados en los terrenos, las distancias,
las alturas, la percepción de lo cercano y lo lejano, el sentido de orientación en relación
a lo que aparece adelante o atrás de los cuerpos en movimiento. Los territorios que
cruzan las aguas y abrazan las montañas de estos cuentos están poblados de potreros,
piedras, árboles, sembríos, lagunas, muelles, quebradas, lomas, casas, capillas; perros,
ovejas, lobos, churos, conejos; jóvenes enamoradas, familias en disputas que pueblan
de rumores los caminos, mujeres sembradoras, hombres que cargan pailas, niños
que huyen de familias egoístas. Los objetos también son portadores de acciones: las
campanas anuncian sucesos, las pailas contienen agua, las semillas brotan, las hachas
cortan leña, las bateas contienen alimentos, la hoz y los azadones cavan y marcan los
surcos de la tierra. Algunos sustantivos, en su sola enunciación, son ya generadores de
paisaje: chilca, maíz, cebada, zambo.
La naturaleza se presenta en cada uno de los relatos como agente activo y pensante,
que participa del proceso gnoselógico del colectivo. Como en el cuento “La hacienda”,
que relata el maltrato ejercido por parte del dueño, avaro y grosero, sobre un mendigo
que ha llegado en busca de alimento. El mendigo provoca una lluvia torrencial que
inunda la hacienda hasta dejarla cubierta de agua. Solo se salva una trabajadora que
tuvo compasión por el mendigo y fue alertada con el tañido de una campana. Hay un
saber de las aguas, que saben cuándo y dónde precipitarse. En este mismo sentido, traigo
el cuento “El sembrador”, que tiene como protagonista a la madre tierra convertida
en anciana sabia. Ella camina entre las montañas y conversa con los sembradores.
El sembrador que no la escucha encuentra su terreno lleno de piedras y malezas,
mientras que el sembrador que la escucha recibe su ayuda y descubre su terreno con
la cebada lista para ser cosechada. La Mama Pacha, dice el relato en su cierre, “premia
la amabilidad, la palabra dulce y la reciprocidad” (p. 87). También hay un saber de la
tierra, un conocimiento situado, que es preciso registrar y preservar. En este sentido, los
cuentos también pueden leerse como una escritura que, en su gesto mismo de creación,
actúa como defensa del territorio: porque recupera y actualiza saberes ancestrales;
porque construye ensamblajes territoriales donde interactúan, por fuera de jerarquías
antropocéntricas, los seres vivientes en sus diferentes manifestaciones; porque congura
una morfología del territorio donde cabe lo minúsculo, como el resplandor de las wallkas,
así como lo inmenso, el alto Imbabura. Un ensamblaje colaborativo que reconozco en
la imagen que abre las primeras páginas del libro: allí vemos una larga la de churos
(caracolitos), que se desplazan en procesión a través de unas extensas lomas verdes. Esa
imagen se desprende del cuento “El juego del churo y el lobo”: ambos animales hicieron
un trato sobre quién llega primero a la cima de la montaña. El veloz lobo está seguro
de ganarle al pequeño churo. Debido al gran esfuerzo, el lobo murió de cansancio sin
poder ganarle al churo. El secreto del churo es que no estaba solo, eran muchos y se
habían distribuido estratégicamente en el terreno de la competencia. La movilidad de
cada uno se potenció como resultado de un esfuerzo compartido. El churo no estaba
solo, sino con sus congéneres.
En suma, la escritura de Rimaykuna es una arraigada en el territorio, mancomunada
y colaborativa. Atenta al entorno geográco que la convoca. Acontece, en su proceso
creativo, como hecho dialógico a partir del intercambio entre la palabra hablada y la
palabra escuchada. Es un trabajo de escritura que se alimenta de la escucha y de una
cuidadosa observación. Se alimenta de una matriz oral de la cultura. Es un trabajo con
la memoria colectiva ancestral viva, una que habita el espacio compartido. Es también
un ejercicio gozoso y festivo, que aúna registro testimonial e imaginación fabuladora,
relato mítico y armación del lugar, texto escrito e imagen visual. Son relatos que