Enero - Junio 2026ISSN:1390-0862 / e-ISSN: 2661-6912
pucara.ucuenca.edu.ec
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Rimaycuna. Murmullos de agua y páramo
Camuendo, Camuendo Chico y Loma Kunka
Escucha situada, escritura intergeneracional, cuerpos en
diálogo profundo
Rimaycuna. Whispers of Water and the Moorlands
Camuendo, Camuendo Chico, and Loma Kunka
Situated listening, intergenerational writing, bodies in
deep dialogue
Alicia Ortega Caicedo
Universidad Andina Simón Bolívar, Ecuador
alicia.ortega@uasb.edu.ec
Recibido: 10/04/2026
Aprobado: 12/06/2026
Publicado: 15/06/2026
Rimaycuna, cuidado y editado por Samay Cañamar, está organizado en dos momentos:
“Las historias de la laguna” y “Las historias de la montaña”. Quiero, en primer lugar,
detenerme en el hacer de este libro: en su proceso de creación. Cuando abrimos el
libro —un libro objeto, de concepción artesanal que muestra en su lomo los hilos
que lo cosen— y leemos (debajo del título de cada uno de sus cuentos) los nombres
de quienes han hecho la investigación del relato mítico y de quienes lo han narrado,
no es difícil reconocer una escena de diálogo intergeneracional: niñas, adolescentes y
jóvenes escuchan una narración de la boca de sus abuelas y abuelos. Se trata de una
escucha situada, porque acontece en un espacio compartido que une y acerca esos
cuerpos, que les ha permitido construir un sentido común de pertenencia porque
hay una laguna, unas orillas, unas montañas, unos árboles, unos animales, un cielo
que congura, en el entrelazamiento territorial, el paisaje y horizonte que los abraza
como un solo cuerpo colectivo que comparten referentes comunes de identidad.
Sabemos que el dispositivo espacial expresa una identidad de grupo: es la identidad
del lugar, y su vocabulario, la que funda, junta y reúne al grupo. Me gusta la categoría
de “lugar antropológico” para pensar esta dinámica de cohesión, tal como la concibe
el antropólogo Marc Augé: “principio de sentido para quien lo habita y principio de
inteligibilidad para quien lo observa” (p. 58).
En el hacer de Rimaykuna, los cuerpos humanos jóvenes convocados a este proyecto
de escucha y escritura mancomunada han debido trazar, en su tarea de investigación,
nuevas caminatas en sus tierras natales con el propósito de identicar los lugares donde
los relatos habitan y se superponen como una cartografía mítica y poética que otorga
nuevos sentidos a los espacios ya conocidos. Han debido buscar las bocas de quienes
Cómo citar:
Ortega Caicedo, A. (2026).
Rimaycuna. Murmullos de
agua y páramo. Camuendo,
Camuendo Chico y Loma
Kunka. Escucha situada,
escritura intergeneracional,
cuerpos en diálogo profundo.
Pucara, 1(37), 118-121.
https://doi.org/10.18537/
puc.37.01. 12
Vol. 1, N.° 37, 118-121
https://doi.org/10.18537/puc.37.01.12
Título: Urku-yaku
Rimaykuna
Colaboradores:
Cañamar Maldonado,
Tsaywa Samay
(Coordinador Editorial,
traductor)
Editorial: Sara Bolaños
Materia: Lenguas
nativas sudamericanas
Clasicación: Ficción
infantil y juvenil
Publicado: 12/09/2025
Páginas: 112
Tamaño: 20x15cm.
Idioma: Kichwa,
español, inglés
ISBN 978-9942-51-991-7
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Pucara, 2026, 1(37)
e-ISSN: 2661-6912
preservan los saberes de esos relatos para que los vuelvan a contar. Han debido hacer
una pausa para sentarse a la escucha de lo que esas bocas dicen. Esas bocas son las de
las abuelas y abuelos que preservan una memoria colectiva transmitida por vía oral
de generación en generación. Aquí tiene lugar un círculo que contempla el habla y la
escucha. Hablar y escuchar son dos actos de igual importancia: “si no se habla no se
escucha ninguna palabra, y si no se escucha se habla al aire” (Lenkersdof, p. 13). Así,
emerge una verdadera comunidad dialógica. Cada escena que habilita el relato y la
escucha es un suceso signicativo porque actualiza esa memoria, la trae al presente y
los relatos emergen como un acontecimiento único que revitaliza la palabra preservada.
Es una forma del recibir escuchando. Por ello, cada nuevo relato es una versión que
acomoda el relato matriz a las demandas del presente. Todo esto es ya un hecho de
celebración y de esperanzas renovadas. Además, si continuamos con el libro y pasamos
sus páginas, nos encontramos con imágenes que acompañan la escritura, imágenes que
han sido ilustradas por esos cuerpos jóvenes sentados a la escucha de quienes actúan
como guardianas de la memoria colectiva. Leo que esas escrituras y esos dibujos hacen
parte de un proceso de talleres de escritura y de ilustración, facilitados por Samay
Cañamar y Polii Lunar. Libro trilingüe que revela el trabajo de las traductoras —Yarina
Moreta, Jorleny Cañamar, Cristina Yépez— que se han sumado a este hacer plural en
el encuentro de varias manos, en el ejercicio de transcripción, traducción y escritura.
Uno que va de la palabra oral a la escritura, del kichwa al español y al inglés.
Lo que quiero decir es que puedo reconocer que en el hacer de este libro no hay prisa,
no hay una autoría individual. Hay una comunidad en movimiento que pone en relación
cuerpos intergeneracionales, así como vidas humanas y no humanas que tienen en
común habitar un mismo espacio; es decir, identico un trabajo de escritura colectiva y
situada, que se sostiene en un aquí −las comunidades de Camuendo, Camuendo Chico
y Loma Kunka− que es, a la vez, lugar de enunciación y lugar de origen, así como de
pertenencia y de vida. Ese aquí que enraíza la escritura está poblado de topónimos,
nombres propios de los lugares que conguran el rostro visible de esta geografía: Playita
de Camuendo, laguna de Imbakucha, loma de Pukará, casa del muelle, Imbabura y María
Isabelita Cotacachi, quebrada de Wayku Chupa, Selva Alegre, árbol de Pumamaqui y el
lechero. El nombre propio provee fuerza y localización a la escritura: la vuelve cercana,
cómplice y cargada de sentidos que el solo nombre propio porta y evoca. Rimaykuna
produce un espacio vivo y habitado, sembrado de memoria y de tiempo vivido. Uno
que adquiere su forma a partir de lo que sus habitantes y personajes de los relatos hacen
en él: caminar, encontrar, cavar la tierra, sembrar y cosechar, escapar, competir, correr,
subir y bajar, llevar y traer, son todos verbos que conectan las acciones de los personajes
en los relatos. Más importante, son acciones que, en su realización, producen espacio.
Porque el espacio nunca es algo dado. Al contrario, es resultado de la intervención
humana, animal, vegetal, mineral y de los espíritus de la naturaleza. Esto lo podemos
observar, por ejemplo, en el cuento “El lechero y la laguna” que relata una historia de
amor entre Sisa, que cuida de sus ovejas en el bosque, y el joven Inti que recoge leña
en el mismo lugar. En el curso de esos encuentros nace entre ambos el amor. Pero es
un amor contrariado, porque sus familias pertenecen a comunidades enemigas y se
oponen a esa relación. Sisa e Inti huyen hacia la loma de Pukará, cuando están a punto
de ser atrapados piden ayuda a los espíritus de la naturaleza. Así, del cabello de Sisa
empiezan a caer gotas de agua. Ella misma se convierte en agua que baja a un terreno
vacío para convertirse en laguna. Inti se convierte en la cima de la loma en un hermoso
árbol con vista a la laguna. Gracias a los espíritus permanecen unidos: quedaron para
siempre mirándose y alimentándose mutuamente.
Notamos en el relato elementos propios de una ontología relacional, puesto que la
vida se preserva a partir del encuentro de cuerpos vivientes en conexión: ningún ser
sobrevive de manera aislada o individual, sino en la conuencia de unos con otros gracias
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a los vínculos de mutua dependencia. De allí la importancia de reconocer la materia
viva en su uidez y transformación incesante. Es la movilización de los elementos de
la naturaleza y de las vidas que la habitan lo que dene el perl de los espacios: sus
caminos, el espesor de los bosques, los surcos trazados en los terrenos, las distancias,
las alturas, la percepción de lo cercano y lo lejano, el sentido de orientación en relación
a lo que aparece adelante o atrás de los cuerpos en movimiento. Los territorios que
cruzan las aguas y abrazan las montañas de estos cuentos están poblados de potreros,
piedras, árboles, sembríos, lagunas, muelles, quebradas, lomas, casas, capillas; perros,
ovejas, lobos, churos, conejos; jóvenes enamoradas, familias en disputas que pueblan
de rumores los caminos, mujeres sembradoras, hombres que cargan pailas, niños
que huyen de familias egoístas. Los objetos también son portadores de acciones: las
campanas anuncian sucesos, las pailas contienen agua, las semillas brotan, las hachas
cortan leña, las bateas contienen alimentos, la hoz y los azadones cavan y marcan los
surcos de la tierra. Algunos sustantivos, en su sola enunciación, son ya generadores de
paisaje: chilca, maíz, cebada, zambo.
La naturaleza se presenta en cada uno de los relatos como agente activo y pensante,
que participa del proceso gnoselógico del colectivo. Como en el cuento “La hacienda”,
que relata el maltrato ejercido por parte del dueño, avaro y grosero, sobre un mendigo
que ha llegado en busca de alimento. El mendigo provoca una lluvia torrencial que
inunda la hacienda hasta dejarla cubierta de agua. Solo se salva una trabajadora que
tuvo compasión por el mendigo y fue alertada con el tañido de una campana. Hay un
saber de las aguas, que saben cuándo y dónde precipitarse. En este mismo sentido, traigo
el cuento “El sembrador”, que tiene como protagonista a la madre tierra convertida
en anciana sabia. Ella camina entre las montañas y conversa con los sembradores.
El sembrador que no la escucha encuentra su terreno lleno de piedras y malezas,
mientras que el sembrador que la escucha recibe su ayuda y descubre su terreno con
la cebada lista para ser cosechada. La Mama Pacha, dice el relato en su cierre, “premia
la amabilidad, la palabra dulce y la reciprocidad” (p. 87). También hay un saber de la
tierra, un conocimiento situado, que es preciso registrar y preservar. En este sentido, los
cuentos también pueden leerse como una escritura que, en su gesto mismo de creación,
actúa como defensa del territorio: porque recupera y actualiza saberes ancestrales;
porque construye ensamblajes territoriales donde interactúan, por fuera de jerarquías
antropocéntricas, los seres vivientes en sus diferentes manifestaciones; porque congura
una morfología del territorio donde cabe lo minúsculo, como el resplandor de las wallkas,
así como lo inmenso, el alto Imbabura. Un ensamblaje colaborativo que reconozco en
la imagen que abre las primeras páginas del libro: allí vemos una larga la de churos
(caracolitos), que se desplazan en procesión a través de unas extensas lomas verdes. Esa
imagen se desprende del cuento “El juego del churo y el lobo”: ambos animales hicieron
un trato sobre quién llega primero a la cima de la montaña. El veloz lobo está seguro
de ganarle al pequeño churo. Debido al gran esfuerzo, el lobo murió de cansancio sin
poder ganarle al churo. El secreto del churo es que no estaba solo, eran muchos y se
habían distribuido estratégicamente en el terreno de la competencia. La movilidad de
cada uno se potenció como resultado de un esfuerzo compartido. El churo no estaba
solo, sino con sus congéneres.
En suma, la escritura de Rimaykuna es una arraigada en el territorio, mancomunada
y colaborativa. Atenta al entorno geográco que la convoca. Acontece, en su proceso
creativo, como hecho dialógico a partir del intercambio entre la palabra hablada y la
palabra escuchada. Es un trabajo de escritura que se alimenta de la escucha y de una
cuidadosa observación. Se alimenta de una matriz oral de la cultura. Es un trabajo con
la memoria colectiva ancestral viva, una que habita el espacio compartido. Es también
un ejercicio gozoso y festivo, que aúna registro testimonial e imaginación fabuladora,
relato mítico y armación del lugar, texto escrito e imagen visual. Son relatos que
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responden a una perspectiva de prácticas, conocimientos y relaciones basadas en el
lugar. Proveen, así, sentido de hogar, de pertenencia, de un mundo en común. Cierro
citando palabras de Samay, tomadas del Prólogo de su autoría: “Que estos cuentos los
leamos con alegría y con incomodidad para repensarlos, re-construir sus tramas, sus
nales. Creer y crear espacios de intercambio de la palabra oral y escrita por un mundo
más empático con los seres de la vida como el agua, la tierra, las montañas, los animales,
los espacios sagrados. Que este libro sea la puerta abierta para generar diálogo, cariño,
conocimientos y otros caminos”.
Conicto de intereses: La autora declara no tener conictos de intereses.
© Derechos de autor: Alicia Ortega Caicedo, 2026.
© Derechos de autor de la edición: Pucara, 2026.
Referencias
Augé, Marc. 2008. “El lugar antropológico”. En Los “no lugares”. Espacios del anonimato.
Una antropología de la sobremodernidad. Gedisa.
Lenkersdorf, Carlos. 2008. Aprender a escuchar. Enseñanzas maya-tojolabales. Plaza
y Valdés.