
8Universidad de Cuenca, Ecuador
El monstruo revela la capacidad de variación de los cuerpos, desaando su inteligibilidad
como miembros de una especie, género o clase. No solo reeja los miedos y represiones
de la colectividad, sino que también cuestiona las normas convencionales de lo “humano”
al explorar lo que se calla o no se dice. Al desaar la norma de lo “humano”, el monstruo
arma la potencia inmanente de la vida, resistiéndose a ser regulado según criterios
normativos que buscan controlar y homogeneizar la diversidad de los cuerpos:
el monstruo es, ante todo, relato y, como tal, lenguaje, desarrollo discursivo, imagen,
narrativa. Es también y, sobre todo, soma, corporeidad, zoé y al mismo tiempo bíos,
inmanencia, materia prima vulnerable e inacabada, opera aperta, (id)entidad imposible y
presente, armación en negativo, sustancia en busca de su forma (Moraña, 2017, p. 24).
Desde esta perspectiva benéca, el monstruo no solo representa lo alterno y la otredad,
sino que también encarna un saber positivo que revela la capacidad de los cuerpos
para variar y transformarse de maneras inesperadas, pues “no se trata de una nueva
hegemonía, sino de modicar esta construcción simbólica, descalabrar los límites, hacer
tambalear las clasicaciones, poner en crisis esa idea de normalidad” (Moraña, p. 28).
Desgurado, abyecto, inclasicable y contiguo, el monstruo se constituye como un
verdadero dispositivo cultural; un incómodo artefacto semiótico que pone sobre la mesa
el imaginario social establecido, pues “pensar el monstruo tiene un efecto liberador, abre
compuertas, conecta con zonas especícas de lo social y con áreas amplias y pobladas
del pensamiento crítico” (Moraña, p. 21).
Precisamente, el poder subversivo del monstruo (Rubino, Saxe y Sánchez, 2021) radica en
su capacidad para desaar, cuestionar y desestabilizar las normas, valores y estructuras
establecidas en la sociedad; cuestionar las fronteras establecidas entre lo normal y lo
anormal, lo aceptable y lo inaceptable; desaar las clasicaciones rígidas; y, revelar las
tensiones subyacentes en la construcción social de la realidad.
Esto ya lo dijo Foucault en 1976. El lósofo francés armaba que el monstruo es el
cuerpo físico y simbólico que las sociedades autoritarias desean silenciar, eliminar o
controlar porque es incómodo para el sistema y evidencia su precariedad. Es necesario,
por lo tanto, controlarlo. Un primer mecanismo fue la anatomopolítica (el cuerpo como
máquina), que consiste en educar al cuerpo, para mejorar sus habilidades, explotar sus
límites e incrementar su utilidad y docilidad. A través de distintas prácticas, el cuerpo se
convierte en una máquina eciente al servicio del sistema, que cuenta con la capacidad
de ser regulada y optimizada.La biopolítica (cuerpo-especie), por otra parte, se reere
al cuerpo como soporte de procesos biológicos colectivos, como los nacimientos, la
mortalidad, el nivel de salud, la duración de la vida y la longevidad, a través de una
serie de intervenciones y controles reguladores que buscan gestionar y optimizar la vida
desde diferentes perspectivas. Sin embargo, estas prácticas de disciplina individual que
en un principio buscando el bienestar general de la población, terminan produciendo
biopolíticas que inuyen en cómo los individuos se comportan, mutan, se transforman
o deforman en la sociedad.
La monstruosidad, desde su carácter grotesco y no decorativo, se vuelve parte de la
imagen incómoda que rompe con las ideas preconcebidas. Se trata de situar que lo
“monstruoso es, entonces, contenido desestructurado, signicado sin signicante,
capaz de movilizar y reorientar el pensamiento político” (Moraña, 2017, p. 261), es
decir la capacidad subversiva, para buscar la felicidad y “hacer vivible lo invivible”,
parafraseando a Bolívar Echeverría.
La revista Pucara N.° 37 en la edición de enero-junio presenta una serie de temas que
abordan la temática del monstruo desde diferentes ópticas. Efectivamente, todos los
textos (ensayos, artículos de investigación, creaciones y reseñas) dan cuenta de una
multiplicidad de seres (mujeres, paisajes, migrantes, indígenas, niños, homosexuales,