
32 Universidad de Cuenca, Ecuador
Más de un mes sostiene Rodríguez Urbán que
duraron las preparaciones para la esta, tiempo en
el que se hicieron entretenimientos de caballería
“con algunos toros que se corrieron sueltos por las
calles, [y] con clarines, chirimías y cajas de guerra”.
Las estas formales habrían arrancado el jueves 20
de febrero, y habrían presentado las características
por lo demás ya conocidas: misa solemne, sermón y
procesión en hacimiento de gracias el día inicial, con
el correspondiente adorno de las calles de la ciudad
mediante altares y colgaduras instalados para el caso,
y cerrando la jornada juegos de caballos, luminarias,
y castillos y cohetes ya entrada la noche. La semana
habría de seguir en ese mismo tono: juegos de toros,
repetición de luminarias, comparsas con máscaras y
disfraces, carros alegóricos, desles con “chirimías
y cajas de guerra”, juegos ecuestres y exhibición de
tropas de caballería, además de pirotecnia en diversas
dimensiones (desde cohetes hasta “una pirámide de
ingenio y articio”). Todo esto se habría extendido,
según Rodríguez Urbán, del viernes 21 al miércoles 26.
Datos muy signicativos arroja la crónica a lo largo de
toda esta descripción, como lo son el hecho de que las
comparsas de máscaras hayan sido organizadas —y
nanciadas— por los tratantes el 21, los plateros el 22,
los mercaderes el 23, y el cabildo (“la ciudad”) a partir
del 24, todo lo cual nos deja entrever los distintos
estamentos involucrados en el festejo y la competencia
de boato establecida entre ellos. La descripción
correspondiente al día 25 es en especial interesante
porque, además de ser particularmente detallada en
cuanto a los adornos de los caballos y demás utilería
utilizada para el despliegue escénico de comparsas y
libreas, incluye una lista de los treinta y seis jinetes
que deslaron, “en dos cuadrillas de a diez y ocho
cada una, divididos de tres en tres”. Ahí tenemos, por
ejemplo, al corregidor de la ciudad, acompañado por
ociales “del hábito de Santiago” y el alférez real. Tras
ellos venían el alcalde de la Santa Hermandad y varios
regidores. Entre la lista de personajes mencionados se
incluye el propio Rodríguez Urban como escribano
mayor y, por supuesto, el conjunto de las máximas
autoridades locales, como el presidente Antonio de
Morga y hasta su hijo don Diego. Del encomendero
Cristóbal de Bonilla, que iba junto al presidente, se
describe la indumentaria que llevaba:
Fue su librea, sobre un tornasol de morado o
noguerado, chaperías de plata na orladas de
escarchado, en las cuales, entre unos bastones y
rosas de primor, iba el capellar cubierto de dos
cifras, que en la una decía Baltasar con su corona
encima, y en la otra un Víctor coronado; y en lo
alto del capellar, al medio de él, un águila coronada
con dos columnas a los lados y letras del plus ultra
(Rodríguez Urbán, 1941, p. 168).
En suma, toda la élite de la ciudad y sus alrededores
se pavoneaba en un desle que, al cobijo de los
símbolos del poder imperial, exhibía el fasto de su
autoridad, haciendo ver al mismo tiempo la fortaleza
y gloria correspondientes a su posición y la pretendida
delidad jerárquica que movía sus acciones.
Lo más curioso, no obstante —y aquí la relación con
la celebración de 1627—, fue lo ocurrido el jueves
27 de febrero, cuando se cumplían ya ocho días
ininterrumpidos de festejos. En esa jornada, luego
de haber hecho esta de toros y juegos de caballería,
entraron marchando sucesivamente los ejércitos del
Inga, rey que fue de esta tierra en su gentilidad, y
de la reina de Cochesquí, y en ellos por su orden
venían, en compañías formadas con sus capitanes
de embijados rostros, ocho naciones llamadas
quillacingas, jíbaros, cofanes, litas, quijos, ingas,
niguas y mangaches, y en todas ellas más número
de cuatro mil naturales armados a su usanza de
hondas, chusos, dardos, arco y echas, porras,
hachuelas, chuquimacanas, cabezas de leones, tigres
y osos en muchas de las suyas por morriones. Los
instrumentos de guerra fueron los que usaron en
sus tiempos: fotutos, guaillacos, angoras, atambores,
autas y pitos, y por banderas e insignias cantidad
de astas largas con plumería, acompañadas también
de banderas en cajas españolas. Traía el Inga consigo
cuarenta mujeres, sus damas, con sus orejeras,
llautos, patenas de plata y brazaletes, y un carro
en que venía un monte espeso, articialmente
compuesto de mucha caza de todos animales, y
ambos ejércitos con sus bagajes de coca, chicha y
algodón, ají y otras comidas de su modo cargadas
en ovejas de la tierra. Y en otro carro iba el castigo
de los caciques Bende y Jumande que fueron los que
se alzaron en la provincia de los Quijos (Rodríguez
Urbán, 1941, p. 169).
Tan llamativa comparsa, según el relato del cronista,
se habría extendido por toda la plaza, llegando
a ser el atractivo “de mayor agrado” de las estas
debido al “extraordinario modo de estos naturales”
y la pompa exuberante de sus adornos. Las “peleas
y acontecimientos” que hicieron las comparsas de
los ejércitos se realizaron, a decir del cronista, “con
notable algazara y gritería al son de sus instrumentos”,
durando la representación “por espacio de tres horas”.
Incluso arma que poco hubiese importado que
durara más, pues todo pareció “un pequeño rato por
lo mucho y bien que divirtió y entretuvo”. Tras el n